El 8 de marzo y el cuestionamiento de su universalidad

Comunicado Nº 23

Cada 8 de marzo se conmemora el Día Internacional de la Mujer, una fecha ligada a la lucha histórica por los derechos laborales y la igualdad entre hombres y mujeres. Surge tras las movilizaciones de trabajadoras textiles a comienzos del siglo XX en EE. UU. por la tragedia ocurrida en la Cotton Textile Factory de Nueva York, donde más de un centenar de mujeres murieron en un incendio. Aquel episodio marcó un punto de inflexión en la reivindicación de sus derechos básicos: salario digno, condiciones laborales seguras y reconocimiento social. 

Con el paso del tiempo, el 8 de marzo se consolidó como una jornada global de defensa de los derechos de todas las mujeres. No es una jornada de lucha contra la violencia de género exclusivamente, como algunos sectores feministas pretenden año tras año. Es, ante todo, un Día Internacional de reflexión y compromiso, un espacio para analizar los avances conseguidos, reconocer los fracasos, denunciar las privaciones que aún persisten y cuestionar también los errores estratégicos que puedan haberse cometido en el camino. Una desigualdad y opresión sostenidas mediante violencia y represión en gran parte del mundo. Es un día para examinar con honestidad qué se defiende, dónde se defiende y, sobre todo, dónde se calla.

El feminismo que aspira a ser universal no puede practicar silencios selectivos. No puede alzar la voz con firmeza en contextos seguros y democráticos mientras modula su discurso -o directamente lo apaga- ante regímenes donde las mujeres carecen de derechos civiles y sociales básicos. No puede detenerse en nuestras calles ni limitarse a nuestros debates internos. Si hablamos de derechos universales, deben serlo de verdad para todas las mujeres, en todo tiempo y lugar. Y no podemos olvidar a las mujeres que viven bajo regímenes donde su libertad está legalmente restringida, donde su voz es silenciada y donde su autonomía personal puede costarles la cárcel, la tortura o la vida.

Hoy queremos recordar de manera especial a las mujeres de Irán y al movimiento “Mujer, Vida, Libertad”, surgido tras la muerte de Mahsa Amini bajo custodia policial. Mujeres que se quitaron el velo en público sabiendo que podían ser detenidas, golpeadas o condenadas por la dictadura teocrática islamista iraní. Mujeres que salieron a la calle sin la protección de instituciones, sin cuotas, sin campañas institucionales, sin la comodidad de un entorno garantista. Mujeres que luchan, literalmente, por decidir sobre su propio cuerpo y su propia existencia y por libertades elementales: decidir cómo vestir, cómo vivir, cómo existir. Mujeres a las que mostrar nuestra solidaridad en la defensa de su dignidad, igualdad y libertad.

De igual manera, se debe recordar a todas las mujeres que fueron asesinadas, violadas, secuestradas y torturadas en la abominable masacre antisemita del 7 de octubre de 2023, y el horror sufrido por sus hijos y familiares. Debemos expresar nuestra solidaridad con ellas y con las mujeres afganas y de cualquier otro lugar donde el fanatismo religioso integrista o ideológico de cualquier naturaleza las oprime día a día, cercenando su libertad con la imposición férrea de un patriarcado implacable. Aspiramos a un mundo en el que mujeres y niñas puedan vivir en libertad, dignidad e igualdad. 

Resulta difícil no percibir una contradicción cuando determinados sectores del feminismo occidental muestran una firmeza absoluta frente a ciertas desigualdades en Europa, pero adoptan un relativismo cultural llamativo ante sistemas opresivos y represivos que consagran la subordinación femenina. Parece que denunciar esas realidades les fuese incómodo. Como si cuestionar ciertas prácticas implicara traspasar una frontera ideológica prohibida. Como si la defensa de la mujer encontrara límites cuando entra en conflicto con determinadas sensibilidades políticas. Requerimos a las organizaciones feministas e instituciones internacionales de defensa de los derechos de la mujer que quienes aún no lo hacen, rompan su silencio atronador ante estas barbaries

Desde la comodidad de sociedades libres, no se puede mirar hacia otro lado cuando en otros lugares del mundo la desigualdad no es un debate académico, sino una norma jurídica vinculada a la protección de la dignidad humana y a la protección de las libertades fundamentales. No se puede reivindicar sororidad mientras se ignora a quienes arriesgan su vida por derechos que aquí damos por supuestos. La igualdad y las libertades no admiten dobles raseros. La dignidad no entiende de geografías, ni de contextos culturales o políticos, ni de afinidades ideológicas, ni de narrativas dominantes o alianzas convenientes, ni de silencios tácticos.

Si el 8 de marzo tiene sentido, es precisamente porque los derechos de las mujeres no son occidentales ni orientales, no son progresistas ni conservadores. Son derechos humanos, de las personas, inalienables, interdependiente e indivisibles. Y en esencia, los derechos humanos son universales. En consecuencia, por definición, no son negociables y no son selectivos.

Hoy reafirmamos que la igualdad real, las libertades democráticas y el compromiso con las mujeres del mundo solo puede construirse desde la coherencia. Y esto exige valentía también para señalar aquello que incomoda. Porque la universalidad no es una consigna retórica. Es una exigencia moral.

España, 8 de marzo de 2026

COORDINADORA ESTATAL DE

LUCHA CONTRA EL ANTISEMITISMO