COMUNICADO Nº 27
La irrupción política de Hamás constituye uno de los capítulos más destructivos de la historia palestina reciente. Mucho antes de las elecciones de 2006, que les dio la victoria en número de escaños en el Consejo Legislativo Palestino, la Autoridad Palestina había detenido en numerosas ocasiones a militantes de Hamás para impedir atentados suicidas y preservar los compromisos adquiridos en los Acuerdos de Oslo con Israel.
El dominio exclusivo de la Franja por Hamas llegó en junio de 2007, mediante un golpe de estado contra la Autoridad Palestina y sus fuerzas de seguridad. Durante los enfrentamientos, militantes de Hamás cometieron graves abusos, ejecuciones de prisioneros y ataques contra civiles. Tras imponerse militarmente, Hamás persiguió a miembros y simpatizantes de Al-Fatah y consolidó en Gaza una estructura de poder autoritaria. Una dictadura que reprime a sangre y fuego toda discordancia.
Es decir, la confrontación entre Fatah y Hamás no comenzó en 2007, sino que llevaba años produciéndose porque representaban dos proyectos políticos profundamente distintos: uno aceptaba la existencia de Israel; el otro rechazaba reconocer al Estado de Israel y defendía el terrorismo como instrumento permanente.
Este episodio recuerda que el conflicto palestino nunca ha enfrentado exclusivamente a palestinos e israelíes. Hamás nace como imposición violenta a los propios palestinos, ya que también ha existido una lucha interna entre distintos proyectos políticos palestinos.
La Organización para la Liberación de Palestina y la Autoridad Palestina aceptaron desde los Acuerdos de Oslo el reconocimiento de Israel, y la negociación y la construcción progresiva de instituciones propias. A partir de 1993, la dirigencia de la OLP reconoció formalmente el derecho de Israel a existir y se comprometió a resolver el conflicto mediante negociaciones. Sus fuerzas de seguridad llegaron a detener a militantes islamistas y a combatir organizaciones que trataban de sabotear el proceso político. Estas actuaciones muestran que las instituciones palestinas anteriores al dominio de Hamás mantenían una relación conflictiva con el terrorismo islamista y habían asumido, al menos oficialmente, el reconocimiento del derecho de Israel a existir.
Hamás representó una deriva distinta. Su Carta fundacional de 1988 formulaba el enfrentamiento en términos religiosos, convertía toda Palestina en un territorio islámico irrenunciable y mezclaba la lucha contra Israel con imágenes abiertamente antijudías. El documento reproducía teorías conspirativas procedentes de Los protocolos de los sabios de Sion y del nacionalsocialismo, y atribuía a los judíos el control de acontecimientos mundiales y presentaba la yihad armada como obligación religiosa.
Existen afinidades entre Hamás y otros movimientos islamistas radicales: la sacralización de la violencia, la presentación del adversario como enemigo absoluto, el desprecio por la población civil y la subordinación de la política a una misión religiosa. Comparte con Hezbolá una relación estratégica con la República Islámica de Irán y una concepción de Israel como entidad destinada a desaparecer. Hamás combina islamismo suní y nacionalismo palestino; Hezbolá pertenece al islamismo chií y actúa principalmente en el marco libanés; Al Qaeda y Estado Islámico han desarrollado proyectos yihadistas transnacionales y han combatido también contra gobiernos, comunidades y movimientos musulmanes. Aunque tienen diferencias doctrinales, la comparación resulta válida en relación con determinados métodos terroristas, discursos de deshumanización y concepciones totalizantes de la religión, sin convertirlos en una organización homogénea. Pero todos ellos son antisemitas declarados y, al mismo tiempo, declarados enemigos de movimientos y países árabes que sean demócratas y reconozcan a Israel.
Hamás asesinó a palestinos, reprimió a opositores palestinos y destruyó la posibilidad de una vida política plural en Gaza. Sus primeras víctimas políticas fueron, en numerosos casos, miembros de Fatah, funcionarios de la Autoridad Palestina, periodistas, activistas y ciudadanos que rechazaban su dominio. Hamas no es el pueblo palestino, por ello, presentarle como expresión natural o unánime del pueblo palestino reproduce la pretensión del propio movimiento terrorista de hablar en nombre de toda Palestina. Lamentablemente, la izquierda prevalente ha caído en ese inmenso error y están apoyando directa o indirectamente a bandas violentas antisemitas, machistas y fundamentalistas.
Tampoco la desaparición de Israel ha formado parte de la agenda de todos los Estados árabes. Egipto firmó la paz con Israel en 1979 y Jordania lo hizo en 1994. En 2002, la Liga Árabe aprobó la Iniciativa Árabe de Paz, la normalización de las relaciones entre Israel y el conjunto del mundo árabe. Aquella propuesta reconocía la permanencia de Israel y situaba la solución dentro de un marco diplomático regional.
Los movimientos islamistas radicales suelen presentar a los gobiernos árabes que negocian, reconocen a Israel o mantienen relaciones con él como traidores a la causa palestina. Esa acusación revela una cuestión fundamental: el maximalismo de Hamás tampoco representa al conjunto del mundo árabe. Existen gobiernos, intelectuales, religiosos y ciudadanos árabes que rechazan el antisemitismo, el terrorismo y la eliminación del Estado de Israel.
La terrible masacre terrorista de la organización terrorista palestina Hamás, el 7 de octubre de 2023, en la que murieron más de 1200 de personas, hirieron a más de 5.000 y fueron secuestradas 151 personas, todo ello en su mayoría civiles y con violaciones y asesinatos de bebes y menores, la mayor matanza desde el Holocausto, calificada jurídicamente como Kinocidio, contó con la lógica condena de distintos países árabes. En julio de 2025, en una conferencia internacional celebrada en la ONU, varios países árabes, junto con la Liga Árabe, respaldaron una declaración que condenaba expresamente los ataques del 7 de octubre, reclamaba el desarme de Hamás y que el control de Gaza pasara a la Autoridad Palestina. Fue la primera vez que se produjo una condena árabe tan explícita del 7 de octubre en un marco multilateral de ese nivel, y sobrepasando notoriamente al gobierno español en la firme postura antiyihadista de parte del mundo árabe.
Desde una perspectiva de equidad y justicia, esta distinción resulta imprescindible. La memoria de la Shoá exige reconocer el antisemitismo cuando reaparece bajo discursos religiosos, conspirativos o políticos. Educar frente a la barbarie implica condenar los crímenes de Hamás, proteger la dignidad de sus víctimas israelíes. La responsabilidad corresponde a quienes elaboran ideologías, organizan y ejecutan crímenes de odio y actos terroristas y convierten a las poblaciones civiles en instrumentos de sus objetivos.
La defensa de la convivencia requiere, por tanto, recordar las tradiciones palestinas y árabes que eligieron la negociación, el reconocimiento mutuo y la política institucional. Frente a Hamás, la alternativa ética pasa por reconocer simultáneamente el derecho de Israel a existir con seguridad y el derecho de ambos pueblos a quedar libres de organizaciones terroristas que convierten el odio, el martirio y la muerte en principios de gobierno.
