LA METÁSTASIS DEL ODIO: ANATOMÍA DEL NUEVO ANTISEMITISMO GLOBAL

A lo largo de los siglos, el prejuicio contra los judíos ha cambiado de disfraz según la conveniencia y nunca se ha erradicado

Autor. Gustavo de Arístegui (diplomático)

El historiador Robert Wistrich denominó al antisemitismo «el odio más largo». Observamos con profunda alarma cómo las costuras de la civilización occidental se están deshilachando ante el resurgimiento de una hidra que muchos creyeron, si no muerta, al menos herida de muerte tras 1945. El antisemitismo ha vuelto a rugir, y no es un accidente histórico; es la reaparición de un veneno antiguo que nunca fue plenamente erradicado. Se le contuvo, se le avergonzó y se le disfrazó, pero no se le derrotó.

La historia no se repite, pero a menudo rima, advertía Mark Twain. Hoy, esa rima es una disonancia macabra que resuena con fuerza creciente desde las universidades de la Ivy League hasta las playas de Sídney. Cuando las sociedades pierden el norte moral, la política se embrutece y las redes sociales convierten la mentira en dogmas, el odio vuelve a caminar con paso firme. No hablamos de una polémica ideológica ni de un «clima» abstracto; hablamos de una frágil minoría diminuta —apenas 16,5 millones de seres humanos en todo el planeta. Cuando este mecanismo de señalamiento se normaliza, la historia deja de ser lección para volver a ser aviso.

Los orígenes: un prejuicio que no se extinguió

El antisemitismo no nace con Internet ni con las crisis contemporáneas en Oriente Próximo. Su raíz es profunda: el judío como el «otro» perpetuo, el chivo expiatorio siempre disponible. A lo largo de los siglos, este prejuicio ha cambiado de disfraz según la conveniencia: del «asesinos de Cristo», al «enemigo de la raza»; del libelo de sangre medieval a la conspiración financiera del XIX; del «cosmopolita» despreciado por los nacionalistas al «nacionalista» odiado por los internacionalistas. Esta contradicción no lo debilita, lo alimenta. Es un odio «elástico».

La posguerra europea creyó que Auschwitz vacunaba a la humanidad para siempre. Sin embargo, lo que ocurrió fue una contención moral y legal, no una erradicación definitiva. El horror de la Shoah elevó un dique legal y de consensos, pero el prejuicio siguió agazapado, latente. Es moralmente inconcebible e inaceptable que una comunidad tan pequeña concentre una proporción tan desmesurada del odio intenso; un patrón estructural que no se explica por coyunturas, sino por una patología social persistente.

El renacimiento del antisemitismo «primario»: el fin del disimulo

Durante décadas, el antisemitismo explícito se escondió. El racista se vio forzado a disimular, esconderse para no sufrir el oprobio y la vergüenza. Hoy, ese freno se ha roto. No porque el odio sea nuevo, sino porque el entorno tecnológico y político ha mutado: la viralidad premia el exabrupto y el algoritmo recompensa la indignación y el discurso radical y de la rabia.

El antisemitismo primario no necesita grandes teorías; se manifiesta en el gesto, el chiste, la sospecha automática y la insinuación de que «algo habrán hecho». Es la normalización de la deshumanización. Cuando se tolera la broma, llega la amenaza; cuando se tolera la amenaza, llega la agresión; y cuando esta se normaliza, el atentado y los asesinatos se multiplican la barbarie se instala entre nosotros, una vez más. La «cascada de odio» no es un recurso literario, sino un mecanismo político de erosión social que quita la careta al bestial oscurantismo.

El resurgimiento de la extrema derecha: Neonazismo sin complejos

La extrema derecha antisemita no ha desaparecido; ha mutado. A veces se reviste de «identitarismo» (veamos los nacionalismos extremos en Europa y en España…); otras, de supremacismo clásico. El patrón es inalterable: la demonización del judío como el corruptor oculto o el titiritero de la globalización. Esta corriente se alimenta hoy de la ansiedad económica y la nostalgia autoritaria, pero también de una estética del odio convertida en espectáculo y motor de sectores sociales muy enfermos y en expansión.

Australia, un país que se consideraba protegido por su robusta cultura cívica y su fuerte y vibrante democracia, ha sufrido una sacudida brutal. La concentración neonazi frente al Parlamento de Nueva Gales del Sur en Sídney —con individuos uniformados y repugnantes consignas antisemitas— no fue solo un escándalo nacional, sino una advertencia global. La democracia liberal no puede ser ingenua: defender las libertades no significa permitir que los enemigos de la libertad se enseñoreen. El neonazismo ha salido de la dark web para ocupar espacios en la tribuna pública. ¿Cómo es posible que permitiésemos que semejante aberración renaciese?

El furibundo e irracional antisemitismo de la extrema izquierda

Aquí debemos ser quirúrgicamente precisos en el análisis. La crítica política a las acciones de cualquier Gobierno —incluido el israelí— es un derecho democrático, y lo ejercen centenares de miles de israelíes cuando lo estiman oportuno y necesario. Lo que es ilegítimo y extraordinariamente peligroso, y que se ha extendido de manera alarmante, es el salto tramposo de la crítica a políticas concretas a la demonización permanente del Estado de Israel.

De ahí se pasa a los ataques a la esencia misma del Estado de Israel y su derecho a existir en paz y seguridad. De eso se pasa a denostar a la totalidad de su pueblo. El antisemita pasa del odio a todos los ciudadanos de Israel al aborrecimiento de todos «los judíos» del mundo. Un disparate repugnante que abre de par en par las puertas del infierno del odio concentrado y el deseo de aniquilación del todos los judíos del planeta.

En los campus universitarios y en ciertos espacios culturales occidentales, hemos visto una fusión inquietante entre el antisionismo radical y la judeofobia clásica, llegando incluso a la romantización de organizaciones terroristas. Lo más grave es la actitud de ciertos sectores de la otrora sensata y moderada socialdemocracia que, por cálculo electoral o pereza moral, coquetean con este lenguaje creyendo que apaciguan a los radicales. No los apaciguan; los legitiman y degradan la barrera moral de Occidente.

El antisemitismo «oculto»: el peligro de lo vergonzante cuando «sale del armario»

Existe un antisemitismo que no grita consignas pero que opera como ácido sobre las instituciones. Sus armas son la insinuación y la exclusión selectiva. Se manifiesta en dobles raseros, en la sospecha sobre «lealtades duales» y en la cancelación moral. Este antisemitismo «de salón» es especialmente repulsivo porque convierte a cada judío —sea un médico en Madrid, un estudiante en Nueva York o un comerciante en Buenos Aires— en un «agente oculto y desleal» de oscuros conspiradores sin rostro. Para el antisemita primario el judío no es un conciudadano, sino un enemigo disfrazado, un sospechoso permanente bajo escrutinio enfermizo.

El islamismo radical y el yihadismo: la ideología de la barbarie

El antisemitismo del islamismo radical no es una postura; es una doctrina implacable. El hijo del islamismo radical, el terrorismo yihadista, es un dogma del odio total que deshumaniza al judío para legitimar su asesinato indiscriminado. Sus métodos de reclutamiento y adoctrinamiento son sofisticados y malévolamente eficaces: propaganda emocional, victimismo identitario y una lectura conspirativa del mundo.

La radicalización ya no requiere Madrassas físicas; ocurre en el teléfono móvil, en vídeos de segundos en las redes sociales y en la «dark web». Desde ahí se transita hacia dos modelos operativos: las células estructuradas y los «actores inspirados» (los lobos solitarios). El mensaje inoculado es que el judío es «el enemigo absoluto de la fe». El atentado de Bondy en Sídney ilustra esta cadena: ideología, motivación y masacre. No es un conflicto territorial; es un “exterminismo de excusa teológica que tiene como objetivo principal golpear a la comunidad judía global allí donde sea más vulnerable.

Gobiernos tibios y el error del diagnóstico

Llegamos a una de las grandes vergüenzas contemporáneas. Muchos gobiernos occidentales han sido incapaces de mantener la firmeza y la brújula moral necesaria. El Estado de Israel es una vibrante democracia que puede estar sujeto a crítica; sus gobiernos son temporales y falibles; pero su ciudadanía y la comunidad judía global no son culpables colectivamente como vende la abominación que es el antisemitismo

Cuando un gobierno utiliza un lenguaje desmesurado e inmoralmente grandilocuente contra Israel —sin aplicar el mismo rigor contra regímenes que practican el terrorismo de Estado— construye un doble rasero que degrada la barrera moral contra el antisemitismo. Esa retórica actúa como combustible para el odio social. Al señalar a Israel de forma selectiva y desproporcionada, los gobiernos están, en la práctica, comprometiendo muy gravemente la seguridad de sus propios ciudadanos judíos.

La tragedia de Bondi: un injustificable fallo sistémico

El 14 de diciembre de 2025, la celebración de Janucá en Bondi Beach se convirtió en una pesadilla. Un ataque masivo dejó 15 muertos y decenas de heridos. Existía un clima de amenazas previas y un aumento de incidentes que no fueron tomados en serio por las autoridades.

La reacción inicial del gobierno de Anthony Albanese fue tibia y, lo que es peor, equivocada en su diagnóstico. Al intentar desplazar el foco hacia el control de armas —un debate administrativo y burocrático— se pretendió ocultar la matriz ideológica del crimen: el antisemitismo yihadista. La política no puede permitirse aplicar soluciones administrativas ante problemas que son de naturaleza ética y de seguridad nacional. Si no se identifica correctamente el odio que motiva el gatillo, el diagnóstico será incompleto y la respuesta, insuficiente y el daño moral a la sociedad esperemos que no sea irreparable.

Australia contempló con estupor cómo se pasaba de las manifestaciones neonazis ante el Parlamento a una masacre en la playa. La suma es explosiva y el precio lo pagan los inocentes.

Conclusión: el imperativo de la claridad moral

El antisemitismo no es un «problema judío»; es un termómetro civilizacional que indica cuándo una sociedad ha empezado a descomponerse desde dentro. Cuando se tolera se está aceptando la lógica más letal de la historia, buscar a un chivo expiatorio colectivo. Un acto inmoral y de execrable cobardía colectiva. Como señalaba Elie Wiesel, «lo contrario del amor no es el odio, es la indiferencia». Hoy nos enfrentamos a la judeofobia más infecciosa.

Si permitimos que el antisemitismo se normalice y que el Holocausto se banalice o instrumentalice, la humanidad estará llamando con insistencia para se abran de par en par las puertas del infierno del odio y del horror y el peor de los crímenes, el genocidio, volverá a instalarse entre nosotros. La defensa de la comunidad judía es, en última instancia, la defensa de la razón y de la libertad de todos.