POR IRRESPONSABILIDAD POLÍTICA Y MEDIÁTICA
Yojanan Ben Abraham.
En el verano de 2025, una mujer que caminaba con sus hijos por la calle, con una Estrella de David tatuada, fue obligada violentamente a bajar de la acera a la calzada -junto a los menores- mientras era insultada a gritos de “¡perra sionista!”.
Hace menos de un mes, un vendedor en la plataforma Etsy fue acosado de manera sistemática por el “terrible delito” de vender una mezuzá, un objeto religioso judío destinado a proteger los hogares. Su perfil se llenó de banderas palestinas acompañadas del cántico “Drink Zyklon B”, una referencia directa al gas utilizado para asesinar a millones de judíos durante la Segunda Guerra Mundial.
En Madrid, dos estudiantes universitarias israelíes encontraron cartas con esvásticas nazis en sus buzones, junto a una bandera palestina y el mensaje: “Perra judía: Palestina vencerá”.
Son solo tres ejemplos -entre muchos otros- de incidentes antisemitas que hoy pueden encontrarse prácticamente a diario en España. El antisemitismo ha vuelto con fuerza y está desbocado. Lo vemos en la televisión, donde se expulsa a cantantes de festivales por su origen o nacionalidad. Lo vemos en el deporte, con llamamientos a manifestaciones para impedir que equipos israelíes compitan en nuestro país. Y lo escuchamos en declaraciones irresponsables de miembros del Gobierno que hablan abiertamente de “genocidio” sin que exista ninguna sentencia judicial que respalde tal acusación.
Nada de esto ocurre en el vacío. Las primeras son consecuencias directas de las segundas. De un discurso político imprudente amplificado sin matices por determinados medios de comunicación, y de una cobertura del conflicto de Oriente Medio ofrecida exclusivamente desde una única perspectiva, emocional, simplificada y moralizante.
Cuando conceptos jurídicos de máxima gravedad se repiten una y otra vez sin respaldo legal, acaban convirtiéndose en verdades asumidas. Y cuando esas “verdades” se asocian de forma implícita o explícita a un pueblo entero, el resultado es previsible: señalamiento, hostilidad y miedo. No solo hacia un gobierno sino hacia ciudadanos, estudiantes y vecinos judíos que nada tienen que ver con decisiones militares o políticas.
No es difícil encontrar paralelismos inquietantes entre algunas declaraciones actuales de responsables políticos y los mecanismos retóricos utilizados en otros momentos oscuros de la historia europea. No necesariamente por compartir ideologías -que no las comparten-, sino por el uso insistente de un lenguaje deshumanizador, repetido hasta la saciedad, que polariza a la sociedad y normaliza el odio. La historia demuestra que el antisemitismo rara vez comienza con violencia institucional: empieza con palabras, con consignas, con la legitimación pública del prejuicio.
España, además, no puede permitirse la amnesia. Nuestra historia está marcada por siglos de persecución contra los judíos, desde los pogromos medievales hasta la expulsión de 1492, pasando por la lógica inquisitorial de la sospecha permanente y la culpabilidad por asociación. Aquellos mecanismos no desaparecieron por arte de magia: mutaron, se camuflaron y reaparecen cada vez que una minoría es convertida en chivo expiatorio moral.
Hoy, cuando se permite que en nombre de causas supuestamente justas se grite “judía” como insulto, se trivialice el nazismo o se invoque el Zyklon B en redes sociales, no estamos ante excesos aislados ni ante simples “tensiones del debate”. Estamos ante la normalización del odio. Y quien lo minimiza, lo justifica o lo blanquea desde una tribuna pública es responsable de sus consecuencias.
Criticar a un gobierno es legítimo. Denunciar abusos, si los hay, es necesario. Pero convertir a los judíos o ciudadanos o empresas israelíes en sospechosos permanentes, someterlos a un escrutinio moral colectivo y permitir que se les señale en universidades, en la calle o en su vida cotidiana no es activismo, es persecución. Y la persecución, cuando se repite lo suficiente, acaba encontrando siempre formas más graves de expresarse.
España debería saberlo mejor que nadie. Aquí el antisemitismo no fue nunca una anécdota, sino una política de Estado durante siglos. Comenzó con palabras, con sermones, con acusaciones morales; continuó con listas, con denuncias y con tribunales “ejemplares”; y terminó con expulsiones, exilios y silencios forzados. Nada de eso empezó de golpe. Todo fue precedido por la legitimación social del prejuicio.
Hoy no hay hogueras, pero hay escarnio. No hay edictos de expulsión, pero hay intimidación. No hay inquisidores con sotana, pero sí tribunales morales que deciden quién es culpable por su origen, su religión o su identidad. Y cuando un Estado permite que ese clima se instale sin oposición clara, deja de ser neutral y pasa a ser cómplice.
El antisemitismo nunca es un problema de quienes lo sufren, sino de quienes lo permiten. Y una sociedad que vuelve a señalar a los judíos, aunque sea con palabras nuevas y consignas recicladas, no está avanzando: está retrocediendo peligrosamente hacia lugares que ya conoce demasiado bien.
