Antisionismo: la nueva cara del antisemitismo.

En el debate público contemporáneo se ha instalado una afirmación que se repite como un mantra exculpatorio: “el antisionismo no es antisemitismo”. Esta frase, presentada como una verdad progresista e incuestionable, funciona en la práctica como una coartada ideológica que permite rehabilitar el antisemitismo bajo un nuevo lenguaje. No lo disfraza del todo: lo reconfigura para hacerlo socialmente aceptable.

Conviene empezar por lo esencial, algo que deliberadamente se oculta. El sionismo no es una ideología de odio, ni de supremacía, ni de limpieza étnica. El sionismo es, en su definición más básica, la ideología que defiende el derecho del pueblo judío a la autodeterminación nacional en un Estado propio, el Estado de Israel. Nada más.

No hay en el sionismo —como ideología— ninguna defensa intrínseca de la expulsión de pueblos, de la matanza de civiles ni de la negación de derechos humanos. De hecho, existen corrientes sionistas socialistas, liberales, laicas, religiosas, pacifistas, trans,  y en algunos casos críticas con los propios gobiernos israelíes. Reducir el sionismo a una caricatura criminal es una falsificación intelectual deliberada.

Negar el sionismo es negar un derecho que solo se niega a los judíos

Cuando se afirma que el antisionismo no es antisemitismo, se omite una cuestión clave: el antisionismo niega exclusivamente al pueblo judío un derecho reconocido al resto de los pueblos del mundo. El derecho a pensar, defender o aceptar la existencia de un Estado propio.

Nadie exige la desaparición de Francia para criticar al Gobierno francés.
Nadie pide que Japón deje de existir para denunciar decisiones de Tokio.
Nadie plantea que Estados Unidos, Rusia, China o Corea deban ser disueltos como estados para condenar guerras, invasiones o violaciones de derechos humanos en los que pueda verse envuelto. Nadie hasta ahora pide la desaparición de Turquía como estado ni la expulsión de sus equipos ni cantantes por el genocidio-si declarado formalmente-contra el pueblo armenio. 

Sin embargo, solo en el caso judío se plantea como legítima una ideología que niega el derecho mismo a la existencia del Estado. Y no como una opción marginal, sino como una postura normalizada en espacios académicos, culturales, deportivos y políticos.

Eso no es crítica política. Es discriminación estructural.

El salto cualitativo: del discurso a la persecución social

La gravedad del fenómeno actual no reside únicamente en el plano teórico. El antisionismo contemporáneo ha dado un salto hacia la acción, hacia prácticas que recuerdan peligrosamente a formas históricas de señalamiento antisemita.

Hoy se señalan:

1.-Universidades por tener vínculos académicos con Israel,

2. Negocios por pertenecer a judíos o israelíes,

3.-Deportistas por competir representando a Israel,

4.-Cantantes, actores o intelectuales por afirmar —simplemente— que Israel tiene derecho a existir.

Se elaboran listas.
Se difunden mapas.
Se promueven boicots personalizados.

Todo ello no por crímenes individuales, sino por una identidad nacional o ideológica atribuida. 

Este nivel de hostigamiento no se ha producido frente a conflictos con cifras de víctimas muy superiores, como la Guerra del Golfo, las invasiones de Irak o Afganistán, o los bombardeos de civiles en otros escenarios bélicos. Nadie pidió excluir a Estados Unidos de competiciones deportivas internacionales. Nadie elaboró mapas de “economía estadounidense” para señalar empresas, artistas o universidades. Nadie exigió vetar a cantantes por cantar en Nueva York.

La diferencia no es el número de muertos.
La diferencia es quién es el sujeto colectivo al que se le exige desaparecer.

Antisionismo selectivo: cuando la obsesión revela el prejuicio

Este doble rasero no es accidental. Es el indicador más claro de que el antisionismo funciona como antisemitismo mutado. No se juzgan hechos comparables con criterios comparables; se construye una excepción permanente para el Estado judío.

Cuando se niega que los judíos puedan defender la existencia de su Estado sin ser considerados cómplices de crímenes, se les expulsa del espacio moral legítimo. Se les dice, en esencia: podéis existir como individuos, pero no como pueblo soberano.

Eso es una forma de antisemitismo.
No clásico.
No racial.
Pero profundamente político y excluyente.

El lenguaje como arma

El éxito del antisionismo como coartada antisemita reside en su lenguaje. Se presenta como: radical, anticolonial, humanista, comprometido con los derechos humanos.

Pero cuando ese lenguaje sirve para justificar el señalamiento de judíos, israelíes o personas que simplemente reconocen la existencia de Israel, deja de ser emancipador y se convierte en una herramienta de exclusión.

No toda crítica a Israel es antisemitismo.
Pero todo discurso que niega solo a los judíos el derecho a la autodeterminación sí lo es, y eso es lo que ocurre cuando se proclama a los cuatro vientos “del río al mar”.

Negar el carácter antisemita del antisionismo no protege la libertad de expresión; protege una forma de odio que ha aprendido a hablar el lenguaje de su tiempo y que cree haber encontrado una coartada moral para volver a ponerlo en circulación. Se delata cuando solo se aplica a Israel y a nadie más. 

Hoy, combatir el antisemitismo exige algo más que condenar insultos. Exige desenmascarar las ideologías que legitiman la exclusión del pueblo judío del marco de los derechos universales. Exige decir con claridad que defender la existencia del Estado de Israel no es un crimen moral, y que negar ese derecho sí es una forma de discriminación.

Porque cuando se acepta que hay un solo pueblo que no puede aspirar a un Estado, el problema no es la política internacional.
El problema es el antisemitismo.

Yojanan Ben Abraham.

Acción Jurídica Coordinadora Estatal Lucha contra el antisemitismo.