La denuncia presentada por el Movimiento contra la Intolerancia ante la Fiscalía marca un antes y un después en la lucha contra el antisemitismo en España. No estamos ante un episodio más de discurso de odio ni frente a una polémica ideológica sino ante la identificación clara de una forma de antisemitismo criminal organizado, estructurado, planificado y con vocación de señalamiento público.
Este punto es crucial. Porque durante demasiado tiempo el antisemitismo contemporáneo ha intentado camuflarse bajo la coartada del “activismo político”, del “antisionismo radical” o de la supuesta “investigación social”. La denuncia del MCI desmonta ese disfraz y pone el foco donde debe estar: en la conversión del odio en herramienta organizada de estigmatización y amenaza.
Cuando el antisemitismo se convierte en infraestructura
El llamado “mapa de la economía sionista”, difundido por el colectivo Barcelonaz, no es una opinión. No es un artículo de análisis ni una crítica al Gobierno de Israel. Es un instrumento de señalamiento, que identifica y localiza más de 150 objetivos —empresas, comercios, instituciones educativas y entidades sociales— por su supuesta vinculación con Israel o con el “sionismo”.
Entre esos objetivos figura incluso un colegio judío, lo que revela con absoluta claridad la naturaleza del acto, más que atacar una política, se señala una identidad. No se cuestionan decisiones estatales, se marcan espacios y personas por su adscripción real o atribuida a una comunidad nacional, religiosa o ideológica.
La historia europea conoce bien este mecanismo. El señalamiento precede a la exclusión. La exclusión precede a la violencia. Y cuando se normaliza el señalamiento, la violencia deja de parecer impensable.
Organización criminal: un salto cualitativo lógico del “antisionismo”.
La fortaleza de la denuncia del MCI reside en que no se limita a invocar el delito de odio. Da un paso más y plantea algo incómodo pero necesario: la existencia de una organización criminal de carácter antisemita.
Los responsables del mapa no actúan de forma espontánea ni individual. Se presentan como grupo, se dotan de una estructura, elaboran materiales complejos, utilizan plataformas digitales y difunden su trabajo con continuidad, por lo que indudablemente es acción organizada con potencial lesivo.
Nombrarlo como tal no es exageración, sino rigor jurídico y responsabilidad democrática. Porque el antisemitismo del siglo XXI no siempre grita consignas en la calle: diseña mapas, elabora listas y construye narrativas que legitiman la exclusión.
Plataformas digitales: neutralidad que mata
La denuncia incluye también a la plataforma francesa GoGoCarto, que alojó el mapa sin controles efectivos. Las plataformas que permiten la difusión de materiales de señalamiento no son meros intermediarios técnicos sino actores con responsabilidad social y, cuando procede, penal. Sin su infraestructura, estos mapas no existirían. Sin su permisividad, el odio organizado no alcanzaría la escala que alcanza.
Combatir el antisemitismo criminal organizado exige, por tanto, romper la ficción de la neutralidad tecnológica.
Antisionismo como coartada: una línea roja que debe decirse sin complejos
Uno de los grandes aportes políticos de esta denuncia es que vuelve a trazar una línea que algunos se empeñan en borrar: criticar a Israel no legitima señalar a judíos. El mapa no critica leyes, gobiernos o decisiones militares, identifica personas y entidades por su vinculación con una identidad colectiva.
Eso es discriminación. Y cuando se sistematiza, es persecución. Negarlo no es progresismo ni defensa de los derechos humanos, es complicidad pasiva con el antisemitismo, envuelto en un lenguaje pretendidamente emancipador.
El deporte y otros espacios normalizados de exclusión
Este fenómeno no es aislado. El antisemitismo se filtra también en entornos deportivos, donde insultos, vetos simbólicos y estigmatización de jugadores o clubes vinculados a Israel o al judaísmo se toleran con una alarmante normalidad.
El mismo patrón se repite: se señala, se excluye, se justifica. Y se hace muchas veces ante el silencio de instituciones que deberían ser ejemplares.
Nombrar para combatir
La denuncia del Movimiento contra la Intolerancia es además de una denuncia legal, un acto de pedagogía democrática. Nos recuerda que el antisemitismo no siempre adopta formas burdas; a veces se presenta como activismo, como investigación o como crítica política. Pero cuando señala personas, empresas o espacios por su origen o ideología atribuida, deja de ser discurso y se convierte en amenaza.
Combatir el antisemitismo criminal organizado exige claridad moral, firmeza institucional y valentía política. Exige decir, sin ambigüedades, que señalar no es opinar y que organizar el odio no es libertad de expresión.
Y exige también algo más incómodo: no mirar hacia otro lado cuando el antisemitismo se presenta con un lenguaje que resulta cómodo a ciertos espacios ideológicos. El odio, cuando se permite, siempre termina creciendo.
Yojanan Ben Abraham
Comisión Jurídica de la Coordinadora Estatal de Lucha contra el Antisemitismo
