El Museo Reina Sofía ha anunciado la celebración del seminario “Gaza y el esteticidio”, impartido por el teórico cultural estadounidense T. J. Demos, en el que se acusa a Israel de genocidio, ecocidio y de una supuesta destrucción sistemática de la sensibilidad estética palestina. El planteamiento, tal como figura en la presentación oficial del museo, plantea serios problemas de rigor intelectual, responsabilidad institucional y coherencia con los compromisos públicos de lucha contra el antisemitismo. Además de recordar muchísimo al Berlín de los años 30 mostrando a través de actos culturales la supuesta perfidia de los judíos, en este caso, del estado judío.
El concepto de esteticidio, promovido por Demos, carece de reconocimiento en el derecho internacional y no forma parte de categorías analíticas consolidadas. Funciona como un neologismo expansivo que reetiqueta la destrucción cultural en contextos bélicos como una forma de exterminio deliberado, sin necesidad de demostrar intención específica, cadena de responsabilidad ni criterios comparables. Su función principal no es analítica, sino acusatoria: producir una condena moral total presentada como conclusión académica.
La propia descripción del seminario en la web del Museo Reina Sofía confirma este enfoque. No se plantea una investigación abierta ni un debate plural, sino una narrativa cerrada que afirma como hechos establecidos que Israel comete genocidio, ecocidio y esteticidio en Gaza. No se citan resoluciones judiciales internacionales que avalen estas calificaciones, no se menciona que no existe ninguna sentencia que declare genocidio, y se omite por completo el contexto del conflicto actual, incluido el ataque terrorista del 7 de octubre de 2023. Tampoco se anuncian voces discrepantes, marcos jurídicos alternativos o análisis comparados. El museo adopta una posición ideológica y la presenta bajo el envoltorio de producción crítica.
Este modo de proceder entra en tensión directa con el marco de la Alianza Internacional para el Recuerdo del Holocausto (IHRA), asumido por numerosas instituciones públicas europeas como referencia para identificar formas contemporáneas de antisemitismo. La definición de la IHRA advierte que puede constituir antisemitismo “aplicar a Israel estándares dobles al exigirle un comportamiento no esperado ni exigido a ningún otro país democrático” o “usar símbolos y acusaciones asociadas al antisemitismo clásico (como acusar a los judíos de genocidio) para caracterizar a Israel o a los israelíes”. El uso reiterado y no probado de la acusación de genocidio, unido a neologismos como esteticidio diseñados para intensificar esa acusación, encaja claramente en estos patrones de alerta.
La narrativa promovida por Demos y avalada institucionalmente por el museo presenta además una omisión sistemática de responsabilidades clave. Desaparecen del análisis los actores armados que han integrado infraestructuras culturales, educativas y civiles en su estrategia militar, convirtiéndolas en objetivos de guerra. Esta exclusión no es neutral. Construye una asimetría moral absoluta que simplifica el conflicto hasta convertirlo en un relato de agresor único y víctima pura. Esa simplificación no protege la cultura ni la vida civil; alimenta una lógica propagandística.
Resulta especialmente preocupante que un museo nacional adopte este tipo de lenguaje extremo sin introducir cautelas, contextos ni contrapuntos. Los museos públicos no son espacios de militancia política ni tribunales simbólicos. Su legitimidad social descansa en la capacidad de fomentar pensamiento crítico, complejidad y debate informado. Cuando una institución cultural sustituye esa función por la validación de consignas ideológicas, incurre en una forma de adoctrinamiento incompatible con su misión pública.
El problema no es la crítica a un partido que gobierne en Israel, que puede formar parte del debate democrático legítimo. El problema es la institucionalización de un discurso que presenta acusaciones máximas como verdades asumidas, que utiliza categorías asociadas a los crímenes más atroces del siglo XX sin el respaldo jurídico correspondiente, y que se dirige de forma reiterada contra el único Estado judío del mundo. En ese punto, la frontera entre crítica política y hostilidad estructural hacia lo judío deja de ser difusa y empieza a ser reconocible.
Combatir el antisemitismo hoy exige algo más que declaraciones simbólicas. Exige coherencia entre los marcos asumidos y las prácticas culturales reales. Exige rechazar la banalización del lenguaje del exterminio y cuestionar el uso de conceptos diseñados para impactar emocionalmente antes que para comprender. Y exige recordar que la defensa de los derechos humanos y de la cultura no se fortalece mediante acusaciones absolutas, sino mediante análisis rigurosos y responsables.
Cuando los museos abandonan el pluralismo y adoptan el lenguaje del activismo ideológico, no solo empobrecen el debate público. Contribuyen activamente a normalizar marcos discursivos que, lejos de combatir el odio, .lo legitiman bajo formas contemporáneas, en este caso de antisemitismo profundo.
Yojanan Ben Abraham.
Comisión de Acción Jurídica Coordinadora Estatal de lucha contra el antisemitismo
