Por Nataniel Castaño
La profanación del cementerio judío de Les Corts, este fin de semana, no es un simple acto vandálico sino que es una herida abierta en el alma de Barcelona y una advertencia moral para toda Europa.
La civilización de un pueblo no se mide por sus avances tecnológicos ni por la sofisticación de sus discursos, sino por el respeto que profesa a sus muertos. Ese respeto constituye un umbral ético que separa la barbarie de la cultura, la humanidad de la descomposición moral. Este fin de semana, en Barcelona, ese umbral ha sido traspasado con una violencia que hiela la sangre. Lo ocurrido en el cementerio de Les Corts no ha sido un desafortunado incidente ni una travesura de madrugada. Ha sido una profanación en toda regla, una agresión deliberada contra la memoria, la identidad y la dignidad.
Las imágenes hablan por sí solas: lápidas arrancadas de cuajo, mármoles fracturados, tumbas abiertas, símbolos destrozados con una saña que solo puede proceder del odio. No hay manera de suavizar lo sucedido. No se trata de un mero ataque contra la piedra, sino contra lo que esas piedras representan, la memoria de los antepasados, la continuidad de una comunidad, la certeza de que incluso en la muerte existe un lugar de reposo y respeto. Cuando eso se rompe, no solo se ultraja a los difuntos, se ultraja la idea misma de humanidad.
Resulta incomprensible, y moralmente inaceptable, que la respuesta inmediata de las autoridades haya sido el cierre de los recintos hebreos en Les Corts, Collserola y Sant Andreu. ¿Qué mensaje se envía cuando, ante una agresión, la medida es aislar a la víctima en lugar de perseguir al agresor? Cerrar las puertas de los cementerios es convertir el duelo en confinamiento, es castigar a los vivos por el delito de otros. En lugar de reforzar la vigilancia y garantizar la seguridad, se opta por levantar una muralla de miedo. El resultado es una doble humillación, la de quienes ven violadas las tumbas de sus seres queridos, y la de quienes se ven impedidos de rendirles homenaje.
Este nivel de violencia no surge del vacío. Es el fruto amargo de un clima de hostilidad creciente, un ecosistema de odio que lleva tiempo fermentando sin respuesta adecuada. Desde hace meses, los discursos de intolerancia se han normalizado en los espacios públicos, a veces incluso bajo el disfraz de la crítica política o la solidaridad mal entendida. Se ha permitido que el antisemitismo, esa enfermedad antigua que Europa juró no volver a tolerar, regrese con nueva máscara y con impunidad preocupante. Lo que comenzó como ruido en las redes y consignas de protesta se ha transformado en piedra rota sobre las tumbas.
No es necesario señalar con el dedo a individuos concretos para advertir que existe una responsabilidad política y moral en este deterioro. Cuando desde las instituciones se banaliza el discurso del odio, cuando se confunde la justicia con la demagogia, y cuando la palabra “judío” vuelve a usarse como arma arrojadiza en debates públicos, se está abriendo la puerta a la violencia. El lenguaje construye realidades, y también las destruye, las tumbas de Les Corts son la prueba física de lo que ocurre cuando se permite que la retórica de la deshumanización eche raíces.
A la brutalidad del acto se suma un elemento simbólico imposible de ignorar, esta profanación se produce a escasos días del 27 de enero, Día Internacional de la Memoria de las Víctimas del Holocausto. La coincidencia no puede ser interpretada como casual. Es, más bien, un gesto deliberado de quienes buscan enviar un mensaje de intimidación y desprecio. Justo cuando el mundo se dispone a recordar el horror de Auschwitz, el odio reaparece entre nosotros con la frialdad de quien sabe exactamente lo que hace. Hay algo de siniestro en esa sincronía, el pasado que creíamos enterrado vuelve a levantarse entre las ruinas de las lápidas.
Ante esta situación de acoso constante y antisemitismo creciente, empezamos a comprender con pavor cómo se gestó la más absoluta aberración de la humanidad: el Holocausto. Así debió de empezar todo hace casi cien años; con el señalamiento, la deshumanización del vecino y la profanación de lo sagrado ante la mirada indiferente o cómplice de la sociedad. No podemos permitir que el mundo vuelva a transitar ese camino de sombras; no podemos permitir que la barbarie se normalice bajo nuestra mirada silenciosa.
Este crimen no solo profana tumbas, profana también la memoria colectiva. Golpea el corazón de Europa, esa Europa que se fundó sobre la promesa de no repetir nunca más la barbarie. Golpea a Barcelona, ciudad que ha querido ser símbolo de convivencia, y la enfrenta a la pregunta más incómoda: ¿qué clase de sociedad somos si no somos capaces de proteger ni siquiera el silencio de nuestros muertos?
La justicia debe actuar con una firmeza ejemplar. No solo para encontrar a los responsables materiales, que deben responder penalmente de sus actos, sino también para enviar un mensaje inequívoco, que en una democracia, no hay espacio para el odio. Pero junto a la justicia debe haber también una reacción política y social a la altura. No basta con comunicados tibios ni con gestos administrativos. Hace falta una movilización moral. Las instituciones, los medios, las escuelas, las universidades y los ciudadanos deben unirse para desmontar este veneno ideológico antes de que siga extendiéndose.
Cerrar los cementerios no es una solución. El único cierre legítimo es el del paso al odio, el de las puertas que deben cerrarse ante cualquier forma de intolerancia. El Estado tiene la obligación de proteger los lugares de memoria, de garantizar vigilancia permanente y de promover políticas educativas que inoculen a las nuevas generaciones contra el antisemitismo. No se trata solo de defender un grupo religioso, sino de preservar un principio civilizatorio: el derecho al respeto en la muerte.
Porque si el descanso de los muertos deja de ser sagrado, nada lo será. Si las tumbas pueden ser violadas impunemente, mañana lo serán las casas, los templos o las escuelas. Y entonces habremos cruzado, sin retorno, la frontera entre la civilización y la barbarie.
Barcelona no puede mirar hacia otro lado. Los fragmentos de mármol esparcidos en Les Corts no son solo escombros: son el espejo roto de nuestra conciencia. De nosotros depende decidir si recogemos esos pedazos para reconstruir un pacto de respeto y convivencia, o si dejamos que el polvo del odio cubra de nuevo la historia.
