La propuesta de Sumar de abandonar la definición de antisemitismo de la IHRA constituye un paso extremadamente grave en la degradación moral del debate público español. La cuestión afecta al núcleo mismo de cómo Europa identifica hoy el odio contra los judíos y cómo ciertas formas contemporáneas de antisemitismo intentan presentarse bajo un lenguaje político aparentemente aceptable.
La definición de la IHRA se elaboró precisamente porque el antisemitismo contemporáneo había aprendido a mutar. El viejo discurso racial europeo perdió legitimidad social tras Auschwitz, pero muchas de sus estructuras mentales sobrevivieron bajo otros códigos. El judío dejó de aparecer únicamente como “enemigo interior” y comenzó a ser representado como “Estado criminal absoluto”, “entidad ilegítima” o “anomalía histórica” cuya desaparición sería incluso deseable para la paz mundial.
Por eso la definición de la IHRA incorpora ejemplos relacionados con Israel. Entre ellos, negar al pueblo judío su derecho a la autodeterminación o aplicar a Israel exigencias que jamás se reclaman a otras naciones democráticas. La razón es sencilla: el antisemitismo moderno ha desplazado parte de su imaginario desde el judío individual hacia el judío colectivo.
El sionismo, en su definición histórica esencial, significa el reconocimiento del derecho del pueblo judío a tener un Estado propio en la tierra vinculada a su memoria histórica y religiosa. Se puede discrepar de gobiernos israelíes concretos, de operaciones militares, de decisiones parlamentarias o de estrategias de seguridad. Dentro de Israel existe una pluralidad política mucho más amplia que en la mayoría de los países de Oriente Medio. Hay oposición interna, prensa crítica, tribunales independientes y debate democrático constante. La discusión política resulta perfectamente legítima. Lo que marca una frontera moral muy distinta es convertir la mera existencia de Israel en un problema que debe ser corregido mediante su desaparición.
Ahí aparece el verdadero significado político del antisionismo contemporáneo. Porque el antisionismo actual raramente plantea la eliminación de todos los Estados surgidos de conflictos históricos, desplazamientos poblacionales o procesos coloniales complejos. El objetivo se concentra de manera obsesiva sobre el único Estado judío del planeta.
España participó en operaciones militares enormemente controvertidas en Irak. Estados Unidos dejó cientos de miles de muertos en distintos escenarios bélicos durante el siglo XX y XXI. Rusia arrasa ciudades enteras en Ucrania. China mantiene una política represiva contra los uigures. Turquía ocupa militarmente parte de Chipre desde hace décadas. Ningún movimiento internacional relevante exige la desaparición completa de esos Estados. Se exigen responsabilidades, sanciones, cambios de gobierno o investigaciones internacionales. Con Israel, una parte importante de la izquierda occidental cruza constantemente otra línea: plantea la ilegitimidad misma del Estado judío.
Ese doble rasero constituye uno de los elementos centrales señalados por la IHRA. Y lo es porque transforma al judío colectivo en una excepción moral entre las naciones del mundo. Israel aparece retratado como una entidad cuya mera continuidad histórica sería intolerable. La consecuencia final resulta evidente: el único pueblo al que se le niega de forma sistemática el derecho político básico a conservar su Estado es el pueblo judío.
La gravedad del fenómeno aumenta todavía más cuando buena parte de las movilizaciones occidentales incorporan símbolos, consignas y referencias asociadas al ideario de Hamás y de organizaciones totalitarias e integristas. El problema no reside únicamente en la solidaridad con la población civil palestina, que cualquier conciencia humanitaria puede compartir. El problema aparece cuando se normalizan estructuras ideológicas cuyo horizonte político incluye explícitamente la destrucción de Israel.
Hamás jamás ha ocultado ese objetivo y lo ha evidenciado. Su carta fundacional de 1988 incorporaba referencias antijudías de enorme radicalidad y asumía elementos conspirativos clásicos del antisemitismo europeo. El documento político posterior de 2017 suavizó parcialmente el lenguaje religioso, pero mantuvo intacta la negativa a aceptar la legitimidad permanente del Estado judío. La “liberación total” del territorio sigue implicando, en términos prácticos, la desaparición de Israel como soberanía nacional judía.
Algo similar sucede con el régimen iraní, cuyos dirigentes llevan décadas utilizando un lenguaje abiertamente eliminacionista respecto a Israel mientras financian redes armadas regionales dedicadas a su hostigamiento permanente. Resulta profundamente inquietante contemplar cómo sectores universitarios, activistas occidentales y partidos de izquierda terminan convergiendo simbólicamente con discursos que contienen elementos teocráticos, misóginos, homófobos y violentamente antisemitas.
La contradicción moral alcanza niveles grotescos cuando colectivos que afirman defender los derechos LGTBI, el feminismo o la democracia liberal exhiben banderas y consignas vinculadas a organizaciones que persiguen precisamente esos valores dentro de sus propios territorios.
Por eso determinados sectores políticos necesitan desmontar la definición de la IHRA. Esa definición dificulta mantener simultáneamente dos posiciones: condenar solemnemente el antisemitismo histórico europeo y, al mismo tiempo, tolerar discursos que presentan al Estado judío como una entidad intrínsecamente ilegítima cuya desaparición sería aceptable o incluso deseable.
La historia europea debería haber enseñado algo fundamental: el antisemitismo siempre encuentra nuevas máscaras morales para justificarse. A veces adopta lenguaje racial. Otras veces utiliza terminología revolucionaria, anticolonial o pseudo-humanitaria. El mecanismo profundo permanece sorprendentemente estable: convertir al judío en una excepción negativa dentro de la humanidad política.
Y precisamente por eso el antisionismo contemporáneo funciona hoy, en demasiadas ocasiones, como la forma socialmente aceptable del antisemitismo, que actualmente es estructural, integral y global.
Yojanan ben Abraham
Comisión de Acción jurídica
Coordinadora Estatal de Lucha contra el Antisemitismo.
