Gaza como relato: cuando la cultura prefiere una ficción

El próximo día 10 de febrero, el Museo Reina Sofía acoge el seminario Gaza y el esteticidio, una propuesta que pretende reflexionar sobre la destrucción cultural en la Franja desde el lenguaje del arte y la estética. La intención declarada es noble: situar la cultura como espacio de memoria, resistencia y dignidad. El problema es que, para construir ese relato, se ha optado por una versión de Gaza cuidadosamente editada.

No se trata solo de qué se muestra, sino de qué se omite. En la presentación del seminario en la web del museo se califica la actuación de Israel como «genocidio«. Conviene recordarlo: el genocidio es una figura jurídica precisa cuya existencia solo puede ser establecida por tribunales internacionales. A día de hoy, no existe tal pronunciamiento. Que una institución cultural pública adopte ese término como premisa supone convertir una acusación no probada en un marco interpretativo oficial.

En Gaza, la creación artística no vive únicamente bajo la presión de la escasez, la destrucción o la precariedad de una guerra. Vive también bajo un sistema de control internocensura y castigo ejercido por Hamás, grupo terrorista autor de la masacre del 7 de octubre, que condiciona lo que puede decirse, cantarse, fotografiarse o publicarse. Esta realidad —incómoda, compleja, poco exportable— queda fuera del marco narrativo que instituciones culturales españolas han decidido amplificar.

Los hechos son conocidos y están documentados. El músico y humorista Adel Meshoukhi fue arrestado tras publicar un vídeo satírico sobre la situación cotidiana en Gaza. Su delito no fue la violencia ni la propaganda, sino la ironía. En el ámbito del periodismo cultural, profesionales como Hani al-Agha o Asma al-Ghul han sido detenidos, interrogados o acosados por ejercer una mirada crítica. En las artes visuales, la fotógrafa Nidaa Badwan sufrió presiones y amenazas por no ajustarse a los códigos morales impuestos; terminó encerrándose durante meses para poder crear y, finalmente, abandonó Gaza.

Estos nombres no encajan bien en el relato romántico de una cultura sitiada pero libre, resiliente pero unánime. Son incómodos porque rompen la ficción de un campo cultural homogéneo, heroico y políticamente conveniente. Por eso sorprende —o quizá no— que un museo que se presenta como espacio de pensamiento crítico haya optado por una versión estéticamente depurada y políticamente segura de Gaza. Una versión que habla de destrucción cultural sin mencionar la persecución de artistas. Que invoca la memoria mientras silencia la censura. Que dice defender la cultura sin atender a las condiciones reales en las que esa cultura intenta sobrevivir.

Cuando una institución pública construye un discurso sobre Gaza sin incorporar las voces de quienes han sido reprimidos dentro de Gazano está amplificando la cultura: está fabricando un relato. Un relato cómodo, comercializable, moralmente tranquilizador, pero profundamente desconectado de la experiencia de quienes crean allí bajo vigilancia, miedo o autocensura.

La pregunta, entonces, no es solo qué cuenta este seminario, sino a quién beneficia lo que cuenta. ¿A los artistas gazatíes que han sido silenciados? ¿O a una institución que prefiere un marco narrativo limpio, alineado con determinadas sensibilidades políticas y libre de contradicciones incómodas?

Si el objetivo fuera realmente apoyar el ámbito cultural de Gaza, el primer gesto de honestidad sería nombrar también la represión interna, no solo la devastación simplificada. Reconocer que la cultura no muere solo por la falta de recursos, sino también por la falta de libertad.

La cultura no se protege inventando relatosSe protege diciendo la verdad, incluso cuando estropea la estética del discurso.

Y quizá el verdadero esteticidio no consista únicamente en la destrucción de edificios o archivos, sino en la conversión de una realidad compleja en una narrativa pulidaparcial y embellecida.

*Nuria Romero, comisión de comunicación de la Coordinadora Estatal de Lucha contra el Antisemitismo.