Todo comienza siendo palabra y eso mismo sucede con la palabra manipulada y falseada por un veneno más o menos sutil. La palabra siempre está ahí, aunque sea al servicio del lenguaje falseado al servicio de la corrupción. Es en ese laberinto de retórica tramposa como se erige la verdadera idolatría de nuestros días.
Algunos adoran el relato prefabricado, la mentira envuelta en celofán ideológico, hasta que la realidad irrumpe con la brusquedad de un golpe de mar. A finales de este caluroso julio de 2026, la realidad no ha pedido permiso: la invasión sufrida en Ceuta nos ha devuelto repentinamente al suelo firme, recordándonos que las fronteras no son caprichosas cicatrices en el mapa, sino la piel misma que protege la vida de una nación.
Decía Thomas Hobbes que la razón primordial por la que los hombres ceden su libertad, repito: “ceden su libertad” para erigir un Estado, es la búsqueda de protección frente al caos; resguardar los límites del territorio y garantizar la seguridad de sus ciudadanos. Las políticas liberales establecen mínimas funciones al Estado, que paradójicamente las políticas totalitarias incumplen convirtiéndose en auténticos tiranos al servicio de la inmoralidad de las mafias y de la perversión. Cuando un Estado descuida o abdica de esta función primordial, cuando consiente que sus márgenes sean vulnerados por la tibieza o el cálculo político, no solo falla a su propio cometido, sino que deja desprotegidos a quienes en él depositaron su confianza.
El incumplimiento del deber mínimo de custodia ha sido flagrante, dejando a Ceuta expuesta como una fortaleza cuyos centinelas han fingido estar dormidos a sus puertas. Y para autojustificarse, el relato oficial ha recurrido al malabarismo de la distorsión, intentando falsear los hechos culpando de forma estrambótica y sin pruebas (pues todo vale) a Israel o a Rusia de una crisis cuya matriz responde a dinámicas geopolíticas bien distintas. Esta maniobra de despiste no es inocua: echa gasolina sobre una población ceutí ejemplarmente pacífica y golpea con especial dureza a su pequeña y secular comunidad judía, cuya presencia enriquecedora forma parte del alma misma de la ciudad. Sembrar sospechas delirantes y señalar culpables inverosímiles solo sirve para avivar rescoldos peligrosos en un tejido social delicado. Es evidente el riesgo de que la convivencia con la comunidad musulmana local se resienta, amenazada por la desconfianza mutua y el miedo que siempre prosperan tras una injusticia fronteriza sin respuesta.
¿Cómo acabar con esto? Lo mejor sería haberlo evitado, pero la solución no pasa por la propaganda ni por la idolatría de las falsas palabras, sino por la firmeza de las instituciones. El problema solo comenzará a resolverse cuando el Estado restablezca sin complejos su autoridad, refuerce de manera permanente la presencia y el amparo en la frontera y después despliegue un diálogo sincero que blinde la concordia entre todas las confesiones ceutíes, alejando la geopolítica del plato diario de los habitantes de esta hermosa tierra, de esta joya engarzada.
Ceuta no es una moneda de cambio ni un apéndice prescindible. Debe seguir siendo plenamente de España no solo por un derecho histórico indiscutible que antecede a la existencia del propio reino moderno de Marruecos, sino porque el sentir de sus gentes, su latido cotidiano y su identidad están profundamente imbricados en el alma de este país. Ceuta es España como lo es el mar que la abraza; protegerla no es una opción de gobierno, es la obligación moral de una patria con su propia piel.
Miriam Fuster
